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Nuestra espiritualidad
|  | Lo que vivimos
Somos una congregación religiosa de sacerdotes y hermanos. Vivimos sencillamente en pequeñas comunidades que llamamos equipos, donde intentamos vivir juntos el evangelio. Creemos que el Dios de Jesús es particularmente cercano a los pobres, a los humildes y a aquellos de los que nadie se ocupa. En esta caridad de Dios se enraíza nuestra caridad. Admiramos y queremos reproducir a Jesús “el Buen Pastor que ama a sus ovejas, las conoce y se preocupa por las que están heridas o perdidas”. Queremos compartir esta mirada de Dios en esos lugares de fractura que son los barrios populares de las grandes aglomeraciones urbanas. Allí donde viven y crecen las masas de trabajadores, los de vida precaria y los más pobres, venidos de todas partes. Los amamos y somos testigos de su valor. Los desafíos que descubrimos con ellos son: la sed de espiritualidad, el desempleo, el trabajo precario y una fuerte pobreza, una juventud que no encuentra su lugar, los que huyen de los países siniestrados, la vida juntos, que no es evidente, el diálogo a promover entre culturas y religiones diferentes. A través de nuestros diferentes ministerios, sacerdotes en parroquias, sacerdotes obreros, encargados de diferentes pastorales, nos esforzamos por construir con ellos comunidades cristianas fervientes que viven de Dios, comprometidas, acogedoras, abiertas al diálogo y colaborando con los que desean humanizar nuestros barrios. Queremos permitir a cada uno, especialmente a los jóvenes vivir la experiencia espiritual de un Dios que quiere nuestra felicidad y nos humaniza. Robert Jourfier FC
|  | La montaña santa de nuestro encuentro con Dios
El P. Anizan medita sobre el encuentro de Jesús con las gentes que acuden a él en busca de salvación, en Mateo 15, 29 y ss.: “Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí”. Antes de adentrarse en la experiencia de Jesús Buen Pastor, e identificarse con él, nuestro fundador se identifica con las gentes que acuden a Jesús. Con toda la muchedumbre le contempla, y exclama: “Hace mucho tiempo que os busco, Señor Jesús, solo os encontraré en la montaña santa, y allí viviré con Vos; ¡atraedme hasta ella!” (Misereor super turbam, 1916). La “montaña santa”, lugar de encuentro con Dios, está plantada en medio de la muchedumbre: la formada por los que acuden en busca de una salvación que solo el amor de Dios puede dar. Por eso, nuestra búsqueda de Dios pasa necesariamente por la comunión con ese pueblo, que, como cada uno de nosotros, anda buscando salvación. El amor pastoral lleva en sus genes esa comunión. Si ésta no existiera, nuestro amor podría desviarse hacia un paternalismo autosuficiente. Esa comunión hace posible que, en nosotros, el amor a Dios y el amor al pueblo se unan en una sola experiencia, la del buen pastor. Todo en nuestra vida queda ya imbuido de la presencia de las muchedumbres: búsqueda de Dios, caridad, trato a solas con el Señor, acción, misión... Es el amor pastoral, traducido en acción y oración. Por eso, nuestra vida religiosa, ya sea laica o sacerdotal, solo puede ser pastoral, hecha del mismo amor - compasión de Jesús Buen Pastor por las gentes que andan “vejadas y abatidas como ovejas sin pastor”. José Miguel Sopeña, S. General Hijos de la Caridad
|  | Una espiritualidad apostólica
Nuestra Congregación es apostólica. Somos como la comunidad de Antioquia que se sabe enviada, que ha enviado algunos de sus miembros, que vive dentro de una dinámica de anuncio. Esa es nuestra riqueza y nuestra prueba. Esa es nuestra vocación, es hermosa. Nuestro fundador nos pide seguir a Jesús en su vida pública, porque es donde verdaderamente él ha salido de si mismo. El nos pide vivir una fraternidad de apóstoles, que es lo mínimo que podemos hacer. Ha querido que esta fraternidad llegue hasta la vida en común, el compartir todo. Sabe que las exigencias de una vida fraterna y de una vida seria de oración serían una prueba para nosotros. Y responde diciendo “Haremos como Jesús ha hecho”. Los últimos Capítulos han afirmado continua y magníficamente que la revisión de vida es el lugar específico donde se articulan todas las dimensiones de nuestra vida religiosa y apostólica. Es un signo importante del carácter bien particular de nuestra vida religiosa y apostólica. Por otra parte, lo que mejor sabemos hacer, no son largas salmodias, ni largos tiempos de silencio, ni grandes reflexiones teológicas. Lo que mejor sabemos hacer, lo que hacemos espontáneamente, con gozo, es descubrir el trabajo de la gracia en el corazón de la gente; trabajo del que somos testigos, cómplices, colaboradores y sobre todo beneficiarios. No son anécdotas; sino páginas de evangelio, donde nosotros mismos nos alimentamos. Son el centro de gravedad de nuestra vida espiritual y de nuestra vida religiosa de apóstoles. Joseph de Mijolla f.c.
|  | Las tres claves de nuestra espiritualidad
De inspiración vicentina, “el espíritu Hijos”, fuente de nuestra vida y de nuestra acción nos ha sido legado por nuestro fundador, el padre Anizan. Es el fruto de toda su historia penetrada por un doble mal: “el mal de Dios” y “el mal del pueblo”. Primera clave: Con Jesús compadecerse de las masas populares Jesús “estaba lleno de compasión por las masas cansadas y abandonadas” de su tiempo. Nosotros, escuchamos la misma llamada a vivir esta compasión por las masas populares y obreras de hoy. Dejarse alcanzar no solamente por las miserias materiales y espirituales, sino también, “vibrar” ante las riquezas de la gente del pueblo y, con ellos, lanzarse a la acción, es entrar en la historia de un Dios enfermo de amor por los humildes y los pequeños. Un Dios Padre con entrañas de “madre”: el Dios de la compasión, el Dios misericordioso de Jesús. El Jesús que nosotros buscamos alcanzar, es el Hombre-Dios al que se le remueven las entrañas cuando mira hoy la vida de todos esos trabajadores, desempleados, esas familias que vienen a instalarse en las periferias de las grandes ciudades del mundo. ¿Quién sabrá que Dios quiere tiernamente a cada uno, si nadie ofrece a Cristo sus pies, para que siga caminando hoy a su lado? Segunda clave: Recibir del espíritu la locura de la caridad La locura de la caridad no es otra cosa que la locura del amor en un mundo demasiado prudente y calculador. Amor loco, que cree que el espíritu del amor encendido en el corazón de la humanidad en Pentecostés está en todas partes y trabaja. Y de una manera particular en los barrios populares y obreros, allá donde con frecuencia se le cree ausente. Buscando “salvar el amor” de los humildes con miles de gestos cotidianos de entrega de sí y de solidaridad. Invitando a cada uno a convertirse para que todos asuman su lugar en la civilización del amor. El Jesús al que deseamos parecernos, es el hombre-Dios cuyo corazón, habitado por el Espíritu, ama a la medida de Dios, que persiste en querer salvar lo humano y lo divino de los sin techo, sin derecho, sin voz, sin trabajo y sin futuro, porque ellos son los privilegiados en el corazón de Dios. Tercera clave: Abandonarse entre las manos del Padre Vivir el doble ideal de la compasión por las masas y esa locura de la caridad no depende de la sola voluntad humana. Ese compromiso no llega a ser medianamente posible sino por el aprendizaje del abandono de nuestra vida en Dios. Actitud que llama a descifrar los deseos de Dios y a responder a ellos mediante opciones humanas. Sabiduría que invita a reaccionar no tanto a partir del impulso de nuestros deseos personales, sino a partir de la voluntad de Dios, contemplada en la meditación de su Palabra, en la celebración de la Eucaristía y en una vida compartida en comunidad. El Jesús al que queremos parecernos, es ese Jesús que, en el corazón de su misión de enviado entregó sus fuerzas y su corazón en el anuncio del evangelio a los pobres. Toda la fuerza de la fe, del amor y de la esperanza que se apoderaron de él, creemos que también pueden apoderarse hasta de nuestras mismas fragilidades e infidelidades. Es esa fuerza la que nos convierte en “apóstoles del pueblo”: hombres con el corazón y las manos disponibles para buscar al Invisible, ponernos a su servicio y anunciarlo en la vida de la gente de nuestras ciudades y de nuestros barrios. Una espiritualidad que no está reservada solo a los religiosos y sacerdotes. Una espiritualidad fuerte, adaptada a los medios de trabajo y a nuestras calles. Ofrecida a los trabajadores, a los desempleados, a los más pobres, a las madres de familia. Hecha para los niños, los jóvenes, como para los adultos. A la medida de cada cual, allí donde la vida le ha puesto. Michel Retailleau, Fils de la Charité
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